La vejez de los travestis
(Tomado de Soho.com) El barrio Lovaina de Medellín tradicionalmente ha sido la
cuna de prostitutas y travestis. SoHo le cuenta la historia de un
hombre que lleva 80 años sintiéndose mujer, sin duda el travesti más
viejo de Colombia.
Por: JOSÉ ALEJANDRO CASTAÑO
Fotografía: Marco Aurelio © 2008
Delirio
se masturbó ayer, dice, y enseguida se olfatea la punta de los dedos,
después se persigna. La silla en la que permanece sentada cruje
mientras cruza las piernas flacas y pálidas, de várices abultadas.
Lleva zapatos azules de tacón, medias blancas hasta la mitad de los
tobillos y un vestido gris de ruedo desenhebrado que ella misma se
cosió con la tela de una cortina. Su voz es carnosa, como si de pronto
te fuera a escupir el trozo de algo, pero ella no se inmuta: tose, se
frota el pecho, tose otra vez, entonces las palabras se van adelgazando
y casi parece que hablas con una mujer. Antes, cuando se inyectaba
hormonas, era más fácil. En realidad, antes casi todo lo era, pero la
vejez hace estragos en esa naturaleza simulada de los travestis. Tiene
el pelo corto y ya no se lo tintura. Hace unos días se le cayó una
muela, "la última de las últimas", confiesa, y se ríe avergonzada, con
los labios apretados. El suyo es un gesto de genuino pudor: Delirio
abre una biblia con regueros de esperma y saca una foto del libro de
los salmos. "Es de hace media vida", dice en tono de advertencia, y
alarga la imagen del tamaño de una postal. Son cuatro mujeres, ella es
la del extremo, a la derecha: lleva un vestido rojo de dos piezas,
tacones negros, medias de malla y un tocado de plumas en la cabeza. Sus
cabellos son muy largos y dorados y su risa es un grito de dientes
grandes y blancos. "Fue en Panamá… Los hombres me pagaban fortunas por
romperles el culo… era una travesti hermosa, ¿dime si no?".
El
cuarto de Delirio es estrecho y oscuro, sin ventanas. Ella debe
mantener encendido un bombillo de color verde para adivinar dónde pone
cada cosa. Tiene un colchón, una caneca plástica donde guarda la ropa,
una alacena con dos platos, dos vasos, cinco cucharas, dos tenedores y
un cuchillo sin filo. También tiene una mesa, dos sillas y una imagen
de San Judas Tadeo, patrono de las causas perdidas. El lugar está al
fondo de un pasadizo largo y estrecho que huele a orines. La suya es la
habitación ocho y el número está marcado con tiza sobre una puerta de
color café. Este es uno de los ciento quince inquilinatos que hay en
Lovaina, en el norte de la ciudad. Es un barrio del viejo Medellín,
célebre por ser el primero que abrió casas de prostitución de
travestis. Un famoso burdel las ofrecía como "las nuevas mujeres
inventadas por dios". Hoy, muchos de los antiguos caserones son
residencias de paso para indigentes, drogadictos, familias de
desplazados… a veces, entre el tumulto de los que vienen y van, es
posible descubrir algunos de los primeros travestis. Son hombres
viejos. Llevan faldas largas y blusas de mujer, pero nada muestran, ya
no. Parecen las atracciones abandonadas de un circo que se marchó hace
mucho tiempo. Y así fue.
Leonidas Montoya no se llama así, fue
el nombre que escogió para hablar conmigo. Dicen que fue dueño de un
hotel de travestis y que casi se hizo rico. Ahora vive en Manrique, a
diez cuadras de Lovaina. Su casa de tres pisos está justo enfrente de
una iglesia de agujas góticas y un reloj que tiene la hora de otro
lugar del mundo. Él está afuera, sentado sobre una silla mecedora y
puso por testigo de todo lo que dirá a una imagen enorme en el atrio de
la iglesia. Es de una mujer que ruega al cielo de pie, sobre una nube y
una luna de yeso. Tiene manto, mirada suplicante y no parece saber que
debajo de su pie serpentea una víbora. Leonidas Montoya dice que esa
mujer es la patrona de los travestis y explica algo sobre una suerte de
intermediación que ella ejerce para evitarles que vayan al infierno.
Basta, explica, con rezarle con fe y, eso sí, nunca robarle nada a
nadie. "Dios perdona a los maricas, pero no a los manilargos",
sentencia y le rasca el lomo a un gato blanco en su regazo. Su negocio
no tenía nombre, estaba sobre la calle Palacé, la más larga de Lovaina.
En una época llegó a tener veinte travestis: "Todas lindas, culonas y
dotadas", dice, y aunque no hace falta, empuña la mano y flexiona el
brazo para que no quede duda de qué habla. "Un travesti sin polla
grande es como Tarzán sin bejucos o Supermán sin capa o Popeye sin
espinacas". Leonidas tiene la manía de citar personajes de programas
infantiles.
"Con buena ropa y maquillaje uno disimulaba todo…
pero llegado el momento, el putón tiene que mostrar lo suyo". El viejo
empresario baja la voz y hace una confesión que tal vez él crea
sorprendente: "Por eso yo los cataba primero…". Adentro de la casa una
mujer llama al gato que duerme en su regazo y el animal brinca y se
marcha. Leonidas se sacude los pelos que le quedan en el pantalón,
después cuenta que muchos de los jóvenes que empezaron en su negocio
eran campesinos volados de sus casas: "Venían cansados de que todo el
mundo les pegara, los papás, los hermanos, los vecinos, la policía…
Eran lindos y tenían más morbo que el lobo de Caperucita", sentencia, y
se pasa el dorso de la mano por la comisura de los labios. En ese
tiempo, casi todos simulaban senos usando trapos y llevaban sombreros
para esconder la falta de cabello, pero eso duró poco. Muy rápido,
Medellín tuvo su propio auge travesti. Fue en los años ochenta, en
plena época dorada del Cartel de Medellín. Con millones de dólares
circulando libremente por las calles, los travestis ganaban fortunas.
Muchos pudieron ponerse siliconas y respingarse la nariz. Había plata
de sobra. Las hormonas que se inyectaban para afeminar la voz, hacer
crecer las caderas y eliminar el vello, eran importadas de Europa y
Estados Unidos. Todos vestían trajes de fantasía y viajaban a Panamá a
comprar zapatos y pelucas. Lovaina era un enorme prostíbulo sin hora de
cierre. Según Leonidas, algunos sicarios de Pablo Escobar, todos ellos
con alias terribles, eran mansos clientes de su negocio y llegó a pasar
que, enamorados de un travesti, se lo llevaban a vivir lejos para no
compartirlo con nadie. Pero Leonidas no dice nombres porque algunos de
esos matones feroces siguen vivos y de todas formas él cree que "cada
Mickey Mouse tiene derecho a comerse el queso que quiera".
De
los travestis más célebres de Lovaina, el viejo empresario recuerda a
la Juana, un ex banderillero que cada temporada taurina se iba a La
Macarena a ver las corridas en los palcos más costosos, siempre en
compañía de un séquito de hombres malacarosos y rudos. En su casa se
vestía con trajes de luces que mandaba traer de España... "Era bella,
tuvo plata y era terrible con la espada", se ríe Leonidas. Al parecer,
a Juana la mataron porque terminó compartiendo el amor de dos sicarios
y uno de ellos la descubrió. En la época más sangrienta de Medellín, la
ley que se imponía era la de las balas. A finales de los ochenta y
comienzos de los noventa, durante la guerra de los carteles, muchos
travestis cayeron en ese fuego cruzado que devoró a la ciudad. Leonidas
jura que algunos terminaron llevando pistolas y granadas en sus
carteras, junto con la pestañina y el talco para la cara. "Entonces se
volvieron más malos que el tiburón de la película y más de una terminó
convertida en matón de planta de don Pablo". Sí, eso también lo escuché
antes.
Un jefe de inteligencia de la Policía del Valle
recuerda que a mediados de 1991, el Cartel de Medellín mandó a dos
travestis a Cali para que asesinaran a uno de los hijos de Miguel
Rodríguez Orejuela. En esos días corría el rumor de que el muchacho y
varios de sus hombres más cercanos frecuentaban un prostíbulo de
travestis y Pablo Escobar creyó que dos chicas con suficiente silicona
serían como una bomba a domicilio. Algo debió salir mal. Tres días
después, ambos travestis terminaron flotando en el río Cauca, con el
plástico de las tetas reventado a palazos. No fue la única vez que
algunos hombres de los carteles más poderosos coincidieron en su
debilidad por los travestis. Conscientes de su gusto por frecuentarlos,
el Bloque de Búsqueda, ese grupo élite de la Policía Nacional que se
creó para cazar a Escobar con ayuda de los narcos caleños y el gobierno
norteamericano, contrató a varios travestis de Lovaina para que
espiaran a los sicarios del capo. ¿Por qué hombres tan rudos, que un
día presumían con mujeres hermosas y hasta protagonizaban películas
pornográficas con ellas para pasatiempo de sus jefes, de pronto otro
día iban en busca de hombres con senos y trajes ajustados? Quién sabe.
En el fondo, un sicario y un travesti comparten la semejanza de un falo
que los define: a él su pistola, a ella su pene. Es posible que algunos
de tantos matones, esclavos de una realidad sin límites, necesitaran
sentirse sometidos por un arma simbólica. "Lo mejor de una travesti es
que tiene un fierro con qué dispararte", dice Leonidas Montoya, y se
mece en su silla de madera.
Delirio no siempre se llamó así. En
una época le decían Johana, un nombre tan común entre los travestis
como lo es José entre los carpinteros o Jaime entre los choferes de
taxi. Decidió cambiarse el nombre después de su último viaje a Panamá.
Fue en 1989. Su amante, un ex jugador de fútbol profesional, amaneció
muerto por una sobredosis de cocaína y ella huyó del hotel en el que se
habían hospedado con un fajo de billetes que después ya no supo dónde
perdió. La foto que guarda en la Biblia es la única que conserva de esa
época en la que podía darse el lujo de escoger con quién irse de viaje.
Ahora Delirio se levanta y pone un vaso debajo de la llave de un
pequeño lavaplatos que también es su baño. El agua corre veloz y el
recipiente se llena al instante. Ella bebe con sed. Así, bajo la luz
verde del bombillo que cuelga del techo, se ve mucho más vieja. La
manzana de Adán sube y baja con cada sorbo. Delirio vuelve abrir la
llave y llena el vaso. Bebe como si llevara días sin poder hacerlo. A
ella, me lo dijo, no le gusta esa protuberancia en la garganta, tampoco
los pelos que ahora le salen debajo de la nariz y del mentón y que debe
afeitarse cada dos días para que no se conviertan en barba. Tal vez sea
cierto que la vejez nos impone a todos, hombres y mujeres, un rasgo de
masculina fealdad. Se sabe que los ancianos tienen dedos, narices y
orejas más grandes y gruesas y que las voces más dulces de pronto mudan
a vozarrones desgarrados. Para un travesti, sobre todo para uno sin
dinero, todo es más difícil.
Tras años de una dieta de
hormonas femeninas, el cuerpo parece desquitarse y la hombría que nunca
quisieron los vence poco a poco. Delirio cree que nada es tan feo como
un travesti viejo, y enseguida se ríe, de nuevo sin despegar los labios
del todo. Otra vez la llave y el vaso bajo el chorro. "Pero nadie me ha
matado, y eso ya es una ganancia", sentencia. Tiene razón: nadie sabe
cuántos travestis cayeron en las esquinas de Lovaina. Dicen que fueron
muchos, decenas tal vez. En la Policía Metropolitana no tienen idea.
Solo saben que el noventa por ciento de los más de doscientos
levantamientos que se hicieron en el barrio en los últimos quince años
fueron de cuerpos masculinos. En las planillas oficiales solo aparecen
sus nombres sin más detalles. Delirio descarga el vaso y se seca la
boca con una de las puntas desenhebradas de su vestido. Ahora que está
de pie y su rostro está más cerca de la luz puedo verle los ojos: son
cafés, creo, y tienen pestañas postizas. A ella, me lo advirtió cuando
le pregunté si podíamos hablar, no le gusta que se la queden viendo, ni
siquiera verse. El espejo de su cuarto es el trozo de uno muy grande
que encontró tirado en la calle. Alguien le dijo que no lo recogiera,
pero después de sortear media vida en las esquinas de Lovaina, Delirio
ya no creyó esa infantil superstición de que mirarse en un espejo roto
trae mala suerte. "En fin, ya nada pude salirme peor", recuerda que
pensó, y aseguró el pedazo de vidrio con dos puntillas en la pared más
larga de su cuarto diminuto. El trozo de espejo tiene forma alargada y
es tan grande como la suela de un zapato. A un paso de distancia parece
imposible que alguien pueda verse toda la cara. "Es perfecto: ya no hay
nada que ver", dice Delirio, y otra vez se olfatea la punta de los
dedos.

