(Tomado de El Pais.com, 5 de marzo de 2008) William
Navarro es uno de los ocho miembros del sector Lgbt (lesbianas, gays,
bisexuales y transgeneristas) que tiene la Dirección Nacional del Polo.
Es el primer transgenerista que ha logrado ser reconocido como
dirigente en un partido político del país. “No me interesa la política
para protagonismos sino para el trabajo social”, dice.
William se viste de mujer, Diana se enorgullece de ser hombre.
Transgenerista, prostituta o marica, le da igual como se le quiera
llamar. Él tiene claro quién es, y eso le basta.
Lo que mantiene intacto, entre otras cosas, es su apellido:
Navarro. De los Navarro de una Barranquilla humilde. El Navarro que se
convirtió en el primer travesti elegido en la Dirección Nacional de un
partido: el Polo Democrático Alternativo, PDA.
¿Y cómo lo reciben en las filas del partido amarillo? “Pues hay
resistencia, pero hemos ido ganado terreno político. Es que mis
posiciones no son sentimentales, no me interesa la política para
protagonismos sino para el trabajo social”, reclama.
La verdad es que tiene puntos a su favor, tantos como pueden caber
en sus amplias manos. Dice que su condición le permite hablar de
necesidades y frustraciones en la prostitución, de las cárceles, de las
calles marginadas de Bogotá. No porque sean temas claves para ganar
afectos, sino porque los ha vivido. Ha sido protagonista.
A los 7 años entendió que era hombre, pero quería vestir faldas. A
los 14, preocupado más por la falta de oportunidades que por el rechazo
de su padre y el abandono de su madre, dejó la Costa y conoció un mundo
caliente en la capital.
“Sabía que no tenía el apoyo de mi padre para una carrera
universitaria y me fui. En Bogotá comencé a escuchar que había
muchachos que se prostituían y vi una oportunidad económica para
estudiar”, dice.
Con la plata que le dejaba la venta de su cuerpo, William (o
Diana) se complacía a sí mismo haciendo un taller de computación en la
Universidad Javeriana, adonde le tocaba ir “disfrazado de hombre”.
Conoció el amor por primera vez en Luis Alfonso, otro homosexual
que lo convenció de que dejara de recorrer las calles. Y le hizo caso.
Durante seis años no las volvió a pisar.
“Pero la vida te pone donde tienes que estar”, interrumpe la
historia. Cuenta que después de que su pareja muriera, él prefirió ir a
Medellín y dejar de pelear con su destino.
“Un cliente de la calle me ayudó a conseguir los formularios para
entrar a la universidad a estudiar química farmacéutica, pero también
me metía a ver clases asistenciales de derecho”, recuerda.
Conocimientos sin valor académico que le sirvieron para hacer respetar
lo suyo, y a los suyos, al regresar a Bogotá.
El dato clave
William fue elegido miembro de la
Dirección Nacional del PDA, junto a Blanca Durán y Consuelo Malattesta
(lesbianas); Wilson Castañeda, David Ramírez, Robinson Tamayo y Miguel
Ángel Barriga (homosexuales). |
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Actualmente vive y pernocta por las calles del sector de Los Mártires,
donde hace cinco años trabajó “duro y frontal” para acabar con la
discriminación. Lideró propuestas y con sus compañeros de oficio logró
la legalización de la zona de tolerancia en este lugar, entre las
calles 19 y 24 y las carreras 14 y 17. “La prostitución no es bien
vista, pero tampoco es ilegal. En la Constitución de 1991 se nos dio el
derecho a ser, aunque en este país se cumpla hasta cierto punto”, se
queja.
Como representante del sector Lgbt (Lesbianas, gays, bisexuales y
transgeneristas) del Polo, William dice que sus proyectos políticos
seguirán enfocados a demostrar que los travestis no se limitan a los
campos de la belleza o la prostitución.
los rostros de navarro. Él no le teme a las entrevistas, por qué
habría de hacerlo si nunca le ha corrido a la opinión pública.
Por teléfono no imposta su voz masculina y demuestra la fluidez de
un varón de pensamientos claros. Sin embargo, a través de la bocina
deja escapar sutiles suspiros femeninos.
“Estar en el Polo es un triunfo grande, pero va a ser total cuando
con mi participación se le proporcione calidad de vida a mi gente.
Nunca cometería el error de los políticos de alejarme, sin su apoyo no
soy nadie. Por ellos estoy aquí, son mi motor de lucha, quienes me
visitan cuando estoy enfermo”, dice.
Es corpulento, alto y de mentón pronunciado. De ojos grandes y
negros, de esos que, a pesar de los golpes de la vida, no permiten
miradas de víctima.
No lamenta su oficio en la prostitución y no le huye al
pensamiento de verse, por siempre, “parado en una calle como
prostituta. Ese oficio me ha llevado a crecer como persona, a conocer
situaciones sociales de cerca y me da claridad en lo que quiero, o no
quiero ser”, dice.
William tampoco reniega haber nacido varón y mantiene serios
debates con una sicóloga amiga que insiste en que se haga llamar mujer.
Él, por su parte, ve como un complemento el hecho de ser hombre, por su
condición biológica; homosexual, por sus prácticas afectivas y
eróticas; y travesti, por su vestimenta femenina.
No necesita el nombre de Diana escrito en la cédula para saber
quién es, pues considera que su condición de transgenerista causa
impacto entre los dirigentes políticos y es una herramienta para sus
propuestas de respeto a la diversidad. “Es un orgullo que en los
congresos llamen a William, y quien se pare sea Diana”, agrega.
Su familia en Bogotá se reduce a su gato Francisco y a su perra
Lucy. Su madre biológica la perdió siendo un niño, cuando ésta lo
abandonó. Sin embargo, ese día ganó dos mamás: su tía y su abuela.
Sus logros en la dirigencia política no los ha podido compartir con
su padre, quien aún no acepta lo que él llama un “problema”: su
homosexualidad. No lo culpa, lo que ahora lo desvela es su próximo
proyecto, un diagnóstico social del sector de Los Mártires. Es que “no
me interesa que me digan marica. Me interesa que digan que este marica
hizo esto bueno”.